El célebre paisajista mexiquense José María Velasco (1840 – 1912) plasmó, sobre un lienzo y al óleo, la recreación de una vista panorámica a campo abierto de la Cuenca del Anáhuac desde el noroeste hacia el sureste. El formato es horizontal, también conocido como apaisado. El pintor benemérito de la Academia de San Carlos, definidor artístico de los arquetipos geográficos nacionales, plasmó un fragmento la naturaleza como ilusión plástica y estética. Con Velasco se alcanzó la cúspide de la apropiación del territorio como elemento de identidad a través de la pintura “general o de paisaje”; sentimiento por la tierra y conciencia de territorialidad.[1]

En este cuadro, el horizonte del Valle de México se abre pleno y majestuoso con su orografía característica, mostrando una ciudad mucho más compacta, acorde con las dimensiones de la misma para principios del siglo XX y durante la madurez del régimen presidencial del general Porfirio Díaz. La característica geográfica visible en la composición es un cuadrante de la meseta central con sus pedregales, lagos, montes y serranías, destinando una tercera parte del sector superior para un cielo despejado con nubes serenas y pausadas. Dicha bóveda celeste acentúa la percepción de frescura, tranquilidad y armonía, y engarza todos los componentes de la localidad.[2]

En su momento, para Velasco y los consumidores de estas temáticas, este valle histórico representaba, en el imaginario artístico, una exaltación emblemática de la excepcionalidad geográfica del territorio nacional. Sin embargo, para los espectadores locales actuales, por lo menos de las últimas cinco décadas, resultan visiones evocativas y nostálgicas por una aparente pérdida del edén que constituía el Valle de México en su equilibrio urbano y rural, antes de la desmedida expansión de la megalópolis tras la postrevolución. En este último sentido, los valles de Velasco son apreciados hoy día como estampas idílicas, sin reproche alguno respecto a la maestría alcanzada por el artista en este rubro, inigualable en su modalidad y estilo, tanto en su época como hasta nuestros días.

Velasco, genio de la pintura de paisaje y naturalista cientificista por gusto y profesión, desarrolló en esta pintura un panorama en tres planos, más el cielo cristalino de transparencia atmosférica que corona toda la secuencia en perspectivas hasta el horizonte montañoso. En el primer plano, el artífice destaca sus dotes de observador geológico al trazar y policromar unos montículos de piedras basálticas y cantera color ocre, invadidos por matorrales, arbustos nopaleras y arboledas; detallando así la diversidad botánica bañada en luz. Un sendero corta los macizos rocosos en diagonal, del ángulo inferior izquierdo hacia el centro de la composición. Sobre esta brecha se nos aproxima un pastor con traje de manta y con sombrero jarano, ubicado en la retaguardia de un rebaño de cinco ovejas que merodea la yerba. La reducción a la miniatura estos motivos fue un triunfo más del paisajista.

El primitivo camino terroso desciende de una ladera y curva a la izquierda, desembocando en el segundo plano, donde arranca la planicie que se extiende en perspectiva hasta la acotación de la capital de la República Mexicana y el subsecuente lago de Texcoco, en su antigua inmensidad representada con una franja azul más intensa que en cielo, sin descartar que es un espejo de agua del mismo. Una calzada arbolada va paralela al sendero, pero ahora este camino principal une los lomeríos izquierdos con la Ciudad de México, acentuando en la disminución de la escala de los árboles y los matices de colores la considerable distancia con la urbe. Esparcidos por el terreno hay árboles, un pequeño lago de temporada y fumarolas de diferentes chozas periféricas a la ciudad, en una atmósfera que se antoja fría y que se acentúa con los crecidos glaciares invernales de los volcanes.

De las pequeñas casas habitacionales con manchones blancuzcos despuntan templos, cúpulas y torres, destacando las de la Catedral Metropolitana y dos espesuras boscosas hacia la diestra, que considero son la Alameda y el bosque de Chapultepec. La posición de la Catedral con su vista posterior y la localización de estos parques sugieren el arranque visual desde el norte del Valle, pero la posición central de los volcanes, con sus “glaciares eternos” sobre la Sierra de Santa Catarina, son una inconsistencia geográfica posicional, pues el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, viéndolos desde la periferia de la Sierra de Guadalupe, no están frontales en el sur, sino en el oriente un tanto sesgados al sur. Esto ocurre porque en aquel año, 1901, el maestro tiene sesenta y un años y ha perdido el vigor y la condición para movilizarse a la localidad in situ, al tiempo que la demanda de una clientela amplia por sus vistas del valle le provocan trabajar más rápido en la Academia de San Carlos o en su estudio / domicilio en la Villa de Guadalupe, utilizando diferentes estrategias visuales consagradas del panorama, tanto de sus anteriores paisajes desde la Sierra de Guadalupe (cerros de Atzacoalco, Santa Isabel y Tenayo), como aquellos desde los rumbos del poniente (Molino del Rey, cerro de Chapultepec, Tacubaya y Santa Fe), ubicación que sí le permitía centrar en su perspectiva escalonada la capital, el lago de Texcoco y los volcanes. Se trató de una estructura compositiva que en la tercera y última de sus etapas respecto a representar las amplitudes del Valle lo convenció del todo.

En este sentido, es preciso señalar que este tipo de composiciones, aprendidas de su profesor italiano Eugenio Landesio, las empezó a realizar en formatos medianos y amplios desde veintiocho años atrás, con el primer Valle de México desde el cerro de Atzacoalco de 1873. Cuadros como el Valle de México desde el cerro de Santa Isabel de 1875 y Valle de México de 1877 habían triunfado no sólo en la Academia de San Carlos sino incluso en el extranjero, en las representaciones de México dentro de las exposiciones universales del Filadelfia, Nueva Orleans, París, Madrid o Chicago, en el último cuarto del siglo XIX. Por su parte, los detalles del pastor y su rebaño recuerdan pinturas como Lumen in Coelo o sobre Guelatao y otras localidades del Estado de Oaxaca, realizadas durante el mismo porfiriato, pero en la década de los 80tas. Por lo que hay ajustes compositivos en esta obra a partir de motivos de obras anteriores para reconstruir una vista ideal.

Si bien algunos destacados artistas europeos y norteamericanos plasmaron notables paisajes de la amplitud espacial del Valle de México luego de la consumación de la Independencia nacional en 1821, como Johann Moritz Rugendas, Thomas Egerton, Pedro Gualdi, Karl Nebel, Edouard Pingret, Johann Salomón Hegi,  Conrad W. Chapman o August Löhr, la primera pintura laureada de este tipo en el orden de producto de la Academia San Carlista mexicana y con un estilo romántico italianizado fue El valle de México desde el cerro del Tenayo por Eugenio Landesio de 1870.[3] Con esta magna producción el profesor italiano de la clase de “Perspectiva, paisaje y ornato” desde 1855, presentaba a la generación que formaba en la Academia de San Carlos las expectativas que de sus pupilos esperaba sobre el asunto para la consagración paisajista. Claro está que la cúspide artística e interpretativa que Velasco alcanzó fue tan magistral, que es evidente para muchos especialistas y los que no lo son que eclipsó a todos los extranjeros mencionados y superó, por mucho, a su mentor Landesio; además que Velasco es un representante del nacionalismo mexicano en el arte y su producción es patrimonio tangible histórico y artístico del país.

La circulación visual de las pinturas de los valles de México realizadas por el genio mexiquense, alcanzan libros de texto gratuitos, revistas, películas, cajas de cerillos, billetes de lotería, etcétera. Además, inspiró a artistas como Saturnino Herrán, Gerardo Murillo (el Dr. Atl), Joaquín Clausell, Diego Rivera, Luis Nishizawa y, cineastas, como Sergei Eisenstein y Gabriel Figueroa.

Es indudable la autoridad de este cuadro, más el aporte que significa que se encuentre firmado y fechado en el ángulo inferior derecho. La posesión de los paisajes del mexiquense es un privilegio y una responsabilidad pora su conservación de cualquier colección institucional, museo, galería o privada.

[1] Fausto Ramírez, “La construcción de la patria y el desarrollo del paisaje en el México decimonónico”, en Stacie G. Widdifield (coordinadora), Hacia otra historia del arte en México; La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920), t. II, México, CONACULTA, 2004.

[2] La obra aparece ilustrada en la página 473 del catálogo de la exposición Homenaje Nacional. José María Velasco, t. II, México, Museo Nacional de Arte, 1993. Por un error de edición su ficha aparece invertida con la imagen vecina de la página 472.

[3] Viajeros europeos del siglo XIX en México, México, Fomento Cultural Banamex, 1996.

Víctor Rodríguez Rangel

Museo Nacional de Arte, INBAL

17 julio 2020

Vista del valle de México desde la Sierra de Guadalupe

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