Misterios y bondades del añil

El azul profundo es un color que denota prestigio y elegancia desde la antigüedad. Así lo podemos apreciar en los mantos teñidos con índigo que lucen las mujeres y los hombres bien vestidos de Camerún a Senegal en África, al igual que en China, en Japón y en el México prehispánico (donde cubrirse con un xiuhtlalpīllitilmàtli saturado de añil era prerrogativa exclusiva del tlàtoāni). La molécula que impregna a las fibras de esas prendas, para que nuestros ojos perciban tanto azul, es la misma en Asia, África, Europa y América, pero las plantas de donde se obtiene varían de región a región. Dos arbustos emparentados con la alfalfa (y algo parecidos a ella, a nuestra manera de ver) son la fuente del colorante en India (de donde viene el nombre índigo, es decir, ‘índico’) y en Mesoamérica y los Andes. Sus nombres científicos son Indigofera tinctoria (la especie asiática) e Indigofera suffruticosa (la especie americana), de la familia del frijol (fabáceas). En el occidente de África, el índigo se extrae de una planta de la misma familia, pero no se trata allá de otro arbusto achaparrado, sino de una liana que puede alcanzar veinte metros de largo: Philenoptera cyanescens. En China, en cambio, el índigo se produce a partir de una especie cultivada (Strobilanthes cusia) de una familia muy distinta: las acantáceas (a la cual pertenece el muitle, planta que se usa en México como remedio y también como tinte, aunque no da índigo). En Japón, por otro lado, el azul preciado se obtiene de una yerba (Polygonum tinctorum) de la familia de las poligonáceas (quizá la planta mejor conocida en México de esa familia es la enredadera llamada cualmecate). En la isla de Java, el índigo lo provee Marsdenia tinctoria, un arbolito en la familia de las apocináceas (que incluye a nuestro cacalosúchil). Europa, por su parte, obtenía el mismo colorante de una planta emparentada con el repollo y la mostaza, llamada glasto o yerba pastel (Isatis tinctoria), de la familia de las brasicáceas.


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