La colección de Rebozos de Robert Everts: una gran adición a las colecciones del Museo Franz Mayer y al patrimonio cultural de México

La colección de rebozos del Museo Franz Mayer asciende en la actualidad a 28 piezas, la mayoría elaborados entre los siglos XVIII y XIX.  Franz  Mayer había coleccionado seis, cuatro más han sido donados o comprados a diversos dueños  y 18 rebozos forman parte de un formidable lote adquirido en mayo de 1994.

Chloë Sayer, investigadora inglesa experta en Arte Popular Mexicano rememora, como “Una fría y gris mañana londinense del otoño de 1992 tuve el privilegio de ver, por primera vez, una extraordinaria colección de rebozos formada en México, justo al inicio del siglo XX, por Robert Everts. Delicadamente doblados entre capas de papel de seda, habían sobrevivido casi intactos durante décadas.”

Irène Logan, hija del diplomático belga Everts, se había acercado al British Museum (Museo Británico) para solicitar la revisión, opinión del valor y posible destino de los textiles que había heredado de su padre. Chloë acompañaría a Elizabeth Carmichael, la curadora de Textiles del Museo, a la casa para encontrarse con sarapes, objetos litúrgicos, rebozos y otros textiles. Chloë estaba al tanto de la colección de sarapes del Franz Mayer, por lo que planteó la posibilidad de ofrecer los rebozos a nuestro Museo. Las tres estuvieron de acuerdo que sería magnífico si éstos eran repatriados para “estimular la habilidad artística y la visión de las tejedoras y bordadoras, y para ser admirados y disfrutados por el pueblo de México.”[1]

Por el  Boletín Bimestral del Museo Franz Mayer, número 64, noviembre-diciembre 1994 nos enteramos que los rebozos ya se encontraban en su nuevo hogar,

“Quizá uno de los mayores logros de Franz Mayer sea el de haber adquirido en el extranjero una gran cantidad de objetos artísticos que incorporó a nuestro acervo cultural y, muy especialmente, aquellas obras mexicanas que en otros tiempos, por muy diversas razones, dejaron nuestro país.

Siguiendo esta línea, el Museo adquirió recientemente una magnífica colección de rebozos antiguos que formaba parte de la colección del diplomático Robert Everts, quien a principios de siglo la llevó consigo a Europa, conservándose ahí hasta nuestros días. Esta colección fue dada a conocer a través de la exposición Rebozos de la Colección Robert Everts, en nuestra Sala de Exposiciones Temporales ll inaugurada el pasado 14 de diciembre.

La muestra estuvo conformada por 18 esplendidos rebozos, tejidos en México, en telar de cintura, entre los siglos XVIII y XIX; varios de los cuales son únicos en su género. La mayoría son de seda, algunos de algodón, v otros llevan hilos de oro y plata. Casi todos presentan la notable técnica de teñido ikat; algunos fueron bordados con motivos realistas en seda; y todos tienen una intensidad v calidad que se han conservado extraordinariamente. No hay dos rebozos iguales…”

Para acompañar la exposición se lograba la publicación del libro-catálogo ilustrado Rebozos de la Colección Robert Everts con cinco ensayos. Lady Irène Logan relata en Robert Everts Coleccionista, que fue enviado a la legación belga de la ciudad de México en 1902. Tenía sólo 26 años, y los cuatro que habría de permanecer en México dejarían en él una impresión permanente. Pronto empezó a coleccionar objetos, en su mayoría de estilo colonial, que encontraba en el mercado. Siempre estuvo interesado en los textiles y formó, con gran acierto, una colección de 21 rebozos. Entre ellos había algunos del siglo XVIII; pero ninguno de fecha posterior al siglo XIX. La mayoría eran de seda, algunos de algodón y todos, salvo tres, teñidos con técnica de ikat —difícil método artesanal de teñido que aún se practica en México.

Durante la Primera Guerra Mundial, prestó toda su colección a un museo de Bruselas, donde fue muy apreciada. Cuando fue trasladado a las legaciones de Rumania, Paris, Beijing, Berlín y Madrid, se llevó consigo sus tesoros mexicanos. Exhibía objetos de sus colecciones; pero nunca los textiles, que siempre mantuvo bajo llave y conservó en la excelente condición que hoy presentan.

Respecto al traslado de la colección de rebozos a nuestro país, Irène Logan, hija de Everts, comenta fue un gusto saber que el prestigioso Museo Franz Mayer se mostraba interesado en su herencia, pues la estancia de su padre en México coincidió con la de Franz Mayer, que también tenía un gran amor por las artes aplicadas. Comentaría, “me alegra que los preciados tesoros de mi padre hayan encontrado una buena casa, saber que los amantes del arte textil conocerán estos rebozos… me hace sentir que ahora la labor de mi padre cobra una nueva vida.”

En su colaboración Antecedentes Indígenas del Rebozo, Ruth Lechuga afirma que  si bien no se puede asegurar la existencia del rebozo en el México prehispánico, existe evidencia gráfica en los distintos códices del empleo de prendas similares, con iguales usos.

En varios documentos del siglo XVI se encuentra constancia de lienzos utilizados para transportar toda clase de objetos. En los Códices Vaticano-Ríos y Telleriano-Remensis aparecen indígenas saliendo de las legendarias cuevas de Chicomostoc, cargando en la espalda bultos envueltos en lienzos de tela. Así mismo, fray Diego Durán, en estos ejemplos tal vez se trate de ayates: mantos de ixtle compuestos por dos lienzos, usados por hombres y mujeres desde la época prehispánica.

En el Códice Boturini o Tira de la Peregrinación (de los mexicas desde Aztlán), se representa a tres sacerdotes y una mujer, todos cargando por la espalda fardos envueltos en lienzos; la carga del primer sacerdote es Huitzilopochtli, dios de la guerra, quien es llevado de la misma manera en que hoy día las mujeres cargan a sus hijos con el rebozo.

Un caso distinto aparece en la boda del Códice Mendocino, en donde una amanteca médica lleva a cuestas a una novia, usando un lienzo alargado y rectangular que se amarra desde la cabeza. Este lienzo nos remite al mamatl de Cuetzalan, Pue., tejido en telar de cintura, y confeccionado con algodón blanco al centro y bordes de algodón coyuchi. El coyuchi es una variedad de algodón pardo que sólo existe en América y que, gracias al Códice Mendocino, sabemos que se entregaba como tributo a los mexicas: 400 fardos de algodón, todo leonado.

En cuanto a los flecos en los extremos del rebozo, diferentes tipos de ellos existían aquí anteriores a la Colonia —como lo muestra por ejemplo el Códice Nuttall—, por lo que es probable que se hayan incorporado lentamente al rebozo. El rapacejo por su parte, originalmente muy pequeño y de crecimiento considerable hasta el siglo XX, quizá sea una aportación mestiza agregada a la tela del rebozo.

Rebozo seda/algodón bordado
Rebozo seda/algodón bordado

Por los antecedentes, se puede deducir que en algún momento del Virreinato se aplicó una técnica europea a lienzos que ya se usaban en el México prehispánico, y quizá así nació el rebozo como hoy lo conocemos.

El rebozo actual es una tela larga y angosta con anudados y flecos en ambos extremos. Subsiste principalmente en el mundo indígena, y presenta dos expresiones: el rebozo indígena regional y el rebozo clásico.

El rebozo indígena regional se trabaja de manera extraordinaria en distintos pueblos de la República Mexicana, y bajo muy distintos patrones. Destacan los purépechas, de Paracho, Michoacán, listados en dos tonos de azul, con flecos de artisela de dos colores, formando dibujos que producen un efecto parecido al del arte plumario, de donde probablemente provienen; así como los intrincados rapacejos del pueblo zapoteco de Yaganiza, Oaxaca; los triángulos anudados en formas de animales y estrellas que elaboran los otomíes de Dongu, Estado de México y de Santa Anita Zacuala, Hidalgo; y los bordados de los rebozos de lana, teñidos con tintes naturales por las nahuas de Hueyepan, Puebla, entre otros muchos. El rebozo llamado clásico se hace de algodón, seda o artisela; y su dibujo jaspeado se logra por medio del ikat, una antigua técnica que emplea un tinte de reserva.

Aunque a la fecha no se han encontrado telas prehispánicas teñidas con la técnica del ikat, Irmgard Weitlaner Johnson señala que en el Códice Mendocino se representan mantas que parecen estar hechas con esta variedad: …mantillas de henequén labradas y de colorado y blanco y negro. Este pasaje hace referencia a los territorios otomíes, matlatzincas y ocuiltecos, y a las zonas de Toluca y Malinalco. Sahagún cantó las dotes de las mujeres otomíes, especialmente diestras en todo tipo de tejidos: todas ellas labran lo dicho, de hilo de maguey que sacaban y beneficiaban de las pencas. De hecho, hasta mediados de este siglo, las otomíes tejían fajas y quechquemitls con la técnica del ikat.

Actualmente, el rebozo clásico se confecciona en centros especializados, como Tenancingo, Estado de México y Santa María del Río, San Luis Potosí; así como en zonas de menor importancia como Tejupilco, Estado de México, Zamora y Tangancicuaro, Michoacán, Chilapa, Guerrero y Moroleón, Guanajuato.

Es de notarse que casi todos los lugares mencionados se localizan en áreas indígenas, y que, aunque estas prendas se llevan a la venta en todos los mercados de México, se les encuentra principalmente en los tianguis indígenas.

La publicación continúa con el artículo de Teresa Castelló Iturbide, El Rebozo Durante el Virreinato: El rebozo, prenda mexicana por excelencia, es mencionado por vez primera por el dominico fray Diego Durán, en 1572. Encontramos otra mención entre 1537 y 1565, cuando Don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, dictó que las mujeres traigan tocas blancas de algodón, con que cubran la cabeza y Io demás del cuerpo sobre las otras vestiduras que suelen traer. Posteriormente, en 1672, el mercader Henry Hawks dijo que la mujer indígena se tapaba con una manta muy fina que la cubría de la cabeza hasta media pierna, y también que en la Nao llegaban varios tejidos de seda y otros de plata y oro maravillosos de ver.

A pesar de que en 1592 el virrey Luis de Velasco dictó ordenanzas para los tejedores, no se incluyeron en éstas a los indios para que libremente pudieran hacer sus tejidos sin cuenta, ni reglas y no impedirles el modo de buscar su mantenimiento. Así, por esas fechas los rebozos se tejían con trama de algodón y se teñían con tintes naturales prehispánicos en técnica ikat. Las mujeres tejían en telar de cintura, también prehispánico; y los hombres, en el de pedales introducido por los españoles.

En el siglo XVII encontramos inventarios y otros documentos en los que ocasionalmente se mencionan paños de rebozar. De este mismo siglo data la leyenda del Señor del Rebozo, imagen de un nazareno que, hacia 1682, fue encontrado cubierto con el rebozo de una religiosa que dijo haber sido visitada por él, estando ella enferma. Esta escultura se venera actualmente en una de las capillas del Templo de Santo Domingo en el Centro Histórico.

Durante el siglo XVIII, el rebozo alcanzó su máxima calidad debido, en gran parte, a la intervención de la Real Audiencia mediante ordenanzas en cuanto a su tamaño, tejido, clase de hilo y diseños; y estableciendo que el artesano debía ser examinado por los veedores para poder ejercer el oficio. Las damas de la nobleza, influidas por el barroquismo y no satisfechas con el lujo del tejido y los materiales, propiciaron el enriquecimiento de los rebozos, mediante su bordado en seda de paisajes, conmemoraciones y escenas costumbristas.

En el Archivo de Notarias de Morelia de 1768, se mencionan nombres de los diseños con los que se les conocía a los rebozos: salomónicos antiguos, negros con flecos de plata, poblanos finos y corrientes, de la sierra, mexicanos, sultepequeños todos de seda, dorados y de tafetán. A finales de siglo, en 1794, el virrey Revillagigedo describe al rebozo como una prenda del vestuario de las mujeres, lo llevan sin exceptuar ni aún las monjas, las señoras más principales y ricas y hasta las más pobres del bajo pueblo.

Son varios los rebozos con temas bordados que aún se conservan en la ciudad de México. A éstos se suma uno de la Colección Robert Everts, recién adquirido por el Museo Franz Mayer, el cual muestra en el centro un interesante escudo alegórico representando la unión de México y la Nueva España.

Con la contribución Amarres, Texturas y Flecos: Técnicas Del Rebozo, Irmgard Weitlaner Johnson describe que los magníficos rebozos que forman parte de la Colección Robert Everts fueron tejidos en telar de cintura. Los tamaños de estos tejidos varían, teniendo en promedio 74.7 cm de ancho (trama) y 2.17m de largo (urdimbre), sin incluir el fleco. El tejido básico representa un tipo sencillo de ligamento de cara de urdimbre.

Rebozo de algodón, añil 
Seda

Entre los materiales empleados destacan la seda finamente hilada, los hilos blancos y pardos de algodón coyuchi, y los hilos de oro y plata. Se utilizaron muchas técnicas para crear una diversidad de elementos ornamentales, a saber: listas de urdimbre y de trama, urdimbre teñida en reserva o ikat, bordados, flecos anudados y trenzados, y borlas. Los motivos bordados se trabajaron en variaciones de punto de hilván, punto atrás y punto de satén. El bordado se hizo sobre el tejido de fondo de algodón con hilos de seda y de plata.

Se introdujeron distintos colores para embellecer estos finos chales antiguos: azules índigo, amarillos, verdes, rojos de cochinilla, rosas, pardos, negro, beige y café de coyuchi, naranja y morado.

Todos datan del periodo colonial. Sólo dos de ellos, uno bordado en seda y otro además con tejido en bandas de hilo de oro, no muestran diseños con patrones de ikat, y se calculan de 1750 y 1760 respectivamente.

El resto de ellos, con patrones basados en el proceso de ikat, probablemente sean del siglo XIX.

Todos los rebozos muestran además el trabajo de fleco trenzado o anudado, con un largo promedio de 9.9 cm. Sean sencillos y cortos o extraordinariamente elaborados, todos logran crear una variedad de efectos notables; y en todas las instancias, el teñido de ikat influye en el diseño del fleco. Son precisamente el tejido ikat y la gama de flecos o rapacejos, dos de las características decorativas más sobresalientes en los rebozos de esta colección.

La palabra ikat (mengikat) es de origen malayo y significa atar. En México y Guatemala este método se conoce como hilo jaspeado. El ikat es un proceso para el teñido parcial del hilo antes de ser tejido. Se separan las madejas en juegos, de acuerdo al diseño, y se amarran apretadamente a intervalos con pedazos cortos de ixtle o hilo de algodón para evitar en esos puntos la penetración del tinte. Puesto que el tinte aplicado alcanza a colorear ligeramente la sección protegida, el tejido ikat puede reconocerse por su aspecto característico de patrones con perfiles borrosos.

En la Colección Everts, encontramos rebozos decorados con azul índigo sobre fondo blanco; juegos de urdimbre con sólo dos colores de teñido más el color natural del fondo; y patrones en los que un mismo juego fue teñido de tres colores en secuencia. Los motivos decorativos en el teñido son usualmente tradicionales.

Aunque no tenemos evidencia de textiles de la época prehispánica teñidos con ikat, la presencia de piezas teñidas con otros procesos de reserva, como el batik en la zona maya o el plangi en Puebla, hace probable suponer que aquel método también les era conocido a nuestros antecesores.

El fleco es una hilera de extremos de urdimbres, que pueden manejarse de distintas formas en los bordes de la tela. Los rebozos de la colección Robert Everts ofrecen una muestra muy rica de este terminado.

En algunos flecos sencillos, los hilos se agruparon y anudaron, dejando caer sueltos los extremos cortos.

También se encuentra un tipo de fleco de trenzas planas trabajadas como un enrejado, y unidas sus intersecciones con hiladillo de seda. Otro tipo de fleco fue trenzado o retorcido para formar hileras que, al cruzarse, formaran una malla en forma de triángulos de gran tamaño. Estos triángulos fueron trabajados para obtener distintos efectos: una red de malla pequeña, ribeteada con una trama tejida por separado; o bien un tejido de fondo, de red de malla muy abierta. También se realizaron estos triángulos para ofrecer distintas texturas, como la formada por hileras de nudos, ya en tejido bastante cerrado, o en patrones de nudos espaciados; y finalmente, como fondo para una textura de appliqué de hiladillo de seda coloreado, en donde las sedas se fueron insertando sobre la malla.

Los antiguos mexicanos estaban familiarizados con una diversidad de técnicas de trenzado y anudado de flecos. Esto es evidente en las numerosas representaciones que aparecen en los códices, frescos y estelas; así como en los restos de telas recuperados en distintas locaciones. De igual forma, por su similitud en la técnica y suavidad al tacto, el método de appliqué puede representar una imitación del antiguo trabajo prehispánico con plumas.

En el último artículo Colores y Formas del Rebozo Chloe Sayer relata que la Colección Robert Everts abarca un período de aproximadamente 150 años, desde 1750 hasta 1900. Gran parte del hilo de seda y teñido del hilo metálico que se requirió para estos textiles debió importarse de Europa; los hilos de algodón y el resto de la seda fueron fabricados en México.

Muchos de los colorantes plasmados son de origen natural y se basan en fuentes vegetales, animales y minerales. En México, los tejedores han utilizado desde la antigüedad insectos, minerales, plantas, frutas, cortezas, raíces, hojas y varios tipos de madera como tintes.

Para los ejemplares de esta colección, se utilizaron entre otros, los siguientes colorantes vegetales: el índigo del Nuevo Mundo, que fue usado desde mucho antes de la conquista, y siguió siendo una materia colorante de importancia durante la colonia y el siglo XIX, se usó para teñir en un rango desde el azul claro más sutil hasta el azul más oscuro, casi negro; el palo de Brasil y el palo de Campeche, para obtener tostado, rojo óxido y rojo amoratado; las semillas del anato, para lograr tonos anaranjados; la barba de maíz y la planta parasítica zacapalli, para crear una gama de amarillos, que se convertían en verdes mediante un segundo teñido con azul.

En cuanto a sustancias inorgánicas, se utilizaron la cal, el alumbre, el cromo, el yeso y los ocres. El óxido de hierro servía para crear el negro, base que proporcionaba un tinte rico y de olor penetrante, por lo que los rebozos teñidos así se denominaban de olor.

El tinte animal prehispánico por excelencia fue la grana cochinilla mexicana, que ocupaba el segundo lugar de riqueza embarcada al viejo continente, después de los metales preciosos. Los insectos proporcionan un tinte, cuyo color final se define mediante el fijador seleccionado, y por los métodos utilizados para tratar los insectos; de tal forma que, secados al sol, dan rojo carmín; tostados en parrillas, negro; y hervidos, rojo parduzco.

En cuanto a la forma del rebozo, éste incorpora una sola red de tela rectangular, ideal para el diseño rectilíneo. El plano se divide en listas de urdimbre de varios anchos que juntas forman 12 secuencias idénticas, con listas adicionales a lo largo de ambos bordes. Aunque el ojo ve el conjunto entero, son más de diez los cambios de color que se combinan para crear este efecto.

Sabemos que los textiles de ligamento pesado, de tejido sencillo con líneas paralelas de color o bordado, se han producido durante incontables siglos en México mediante el telar de cintura. Las habilidades de este proceso no se han perdido del todo, y tanto su análisis como su exhibición seguramente garantizarán la supervivencia de esta forma artística conocida como rebozo mexicano.

Posdata. En el 2012, Hilary Simon, artista plástica inglesa se había acercó a la Fundación Anglo Arts con la propuesta de realizar una exposición itinerante sobre el rebozo, primero en Londres y posteriormente en el propio Franz Mayer. Así, los rebozos de Robert Everts viajarían de regreso para la exitosa muestra Made in Mexico: the rebozo in Art, Culture and Fashion realizada en el  Fashion and Textile Museum (Museo del Textil y Moda)  del 6 de junio al 31 de agosto de 2014 y posteriormente en el Franz Mayer de 15 de mayo al 30 de agosto del 2015.   


[1] Chloë Sayer, “Colores y Formas del Rebozo”, en Rebozos de la Colección Robert Everts, Colección Uso y Estilo No. 1, Museo Franz Mayer, Artes de México. 1ª edición, 1994. P.41.


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