Pieza del mes

agosto

En esta ocasión el Museo Franz Mayer rinde homenaje a José María Velasco, en el marco de la celebración de su centenario luctuoso, dedicándole la edición de agosto de La pieza del mes a través de la presentación de una obra de su autoría, resguardada en la pinacoteca del museo.

José María Velasco nació el 6 de julio de 1840 en Temascalcingo, Estado de México, en el seno de una familia dedicada al comercio de rebozos. A los 7 años se mudó a la capital del país y a los 17 inició su formación artística en la Academia de San Carlos. Muy pronto, debido a su predisposición y a la influencia del artista italiano Eugenio Landesio, Velasco fijó su atención y energía en la práctica de la pintura de paisaje, género pictórico que cobró auge durante el siglo XIX, principalmente dentro del ámbito de las academias de arte.


Velasco se congració como uno de los mejores paisajistas del momento, triunfando en certámenes artísticos y convirtiéndose en constante motivo de la crítica de arte de su tiempo. Durante la década de 1870, consolidó su carrera y figura a nivel nacional e internacional al participar en ferias de arte en las que sus obras funcionaron como carta de presentación e imagen del arte mexicano.

Hacia finales del siglo XIX y ante la implantación y arraigo de nuevas concepciones estéticas, la predilección por la producción paisajística dio paso a las obras realizadas por nuevas generaciones de artistas mexicanos, la gran mayoría con estudios cursados en Europa, quienes configuraron la nueva propuesta artístico-estética de principios del siglo XX.

La obra Vista del Valle de México desde la Sierra de Guadalupe fue realizada en 1901, después de que Velasco sufriera un accidente que lo obligó a guardar reposo y abandonar las largas excursiones que solía realizar alrededor del Valle de México como parte indispensable de su proceso de creación artística. Debido a ello, este paisaje presenta una reinterpretación realizada a partir de la experiencia, memoria e imaginación del artista y no una representación desarrollada de la mano de una cuidadosa observación de su referente en la realidad.

La pieza se inserta en el último periodo de producción artística de Velasco, el cual inició en 1901 y se caracterizó por la ejecución de obras dotadas de una fuerte luminiscencia. Alrededor de esta época, ante la intención de modernizar los planes de estudio dentro de la Academia de San Carlos, Velasco comenzó a ser marginado dentro de su práctica docente; así, su sensibilidad y melancolía impulsaron la exaltación de sus sentimientos y preferencias en su obra, privilegiando por ello la representación y el protagonismo dentro de sus composiciones de algunos de sus temas y motivos favoritos: los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl y el Valle de México visto desde la zona norte de la ciudad.

José María Velasco, uno de los mejores paisajistas de todos los tiempos, falleció el 26 de agosto de 1912 a los 72 años de edad, en su casa ubicada en la Villa de Guadalupe, a un costado de la serranía que tantas veces le sirvió de inspiración. Fiel a la profesión a la que dedicó 55 años de su vida, el día de su muerte Velasco se encontraba pintando un paisaje cuando fue sorprendido por los primeros síntomas de un infarto.



Para saber más :

Altamirano Piolle, María Elena. Homenaje nacional José María Velasco, 1840-1912.
Paisajes de luz, horizontes de modernidad, México: Amigos del Museo Nacional de Arte; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993.
Moyssen, Xavier. José María Velasco. Un estudio sobre su obra, México: Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, 1991.
Ramírez Rojas, Fausto, “La construcción de la patria y el desarrollo del paisaje en el México decimonónico” en Hacia otra historia del arte en México, tomo II: La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920), México: CONACULTA, 2004, pp. 269-292.
Ramírez Rojas, Fausto, “La pintura de paisaje en las concepciones y enseñanzas de Eugenio Landesio” en Memoria. Museo Nacional de Arte, Vol. 4, México, D.F., 1992, pp. 61-69.
Paisaje y otros paisajes mexicanos del siglo XIX en la colección de Museo Soumaya, México, D. F.: Museo Soumaya, 1998.

Anclada en un valle, Velasco pintó la ciudad de México que, para inicios del siglo XX, aún se encontraba en pleno desarrollo urbano. De ella destacó, a través de breves pinceladas, la presencia de algunas iglesias, así como de la catedral metropolitana.

Los volcanes, aquellas paradigmáticas presencias dentro de la zona central del país, se representan en esta pintura ampliamente cubiertos de nieve. A diferencia de las estrategias que Velasco siguió en sus obras más tempranas, en esta ocasión se permitió realizar una aplicación de pintura mucho más abarcadora y saturada, generando así gruesas y extensas capas de color, cuyas texturas perfilan las formas de los colosos que las acogen, dotándolos de volumen, direccionalidad y protagonismo.

Tanto la vegetación, como la sutil presencia de personajes en el paisaje, refieren a algunas de las características de la labor de José María Velasco: el dominio de la representación de las formas y el control de las distintas tonalidades que confluyen dentro de un mismo objeto. En esta ocasión, la presencia de un grupo de ovejas recuerda los bocetos más tempranos del artista, mientras que el tratamiento que se observa, tanto en los elementos vegetales, como en las rocas del paisaje, remite a los estudios que el pintor cursó dentro del campo de las ciencias naturales.

La presencia de la firma de José María Velasco, acompañada por el año de ejecución de la obra, permiten ubicar este paisaje dentro de la larga carrera del artista y verificar su autoría a través de la estrategia de comparación. Al igual que en la gran mayoría del resto de su producción, la firma de Velasco aparece delgada, definida y en letra cursiva.


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Pieza del mes de agosto

Vista del Valle de México desde la Sierra de Guadalupe
José María Velasco (1840-1912)
México,
1901

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